EAY: Eutanasia Aristocrática Ya

en Materiales

Ajustes Criminales. Capítulo 7

“Oh, caballeros, la vida es corta…
Si vivimos, vivimos para marchar sobre la cabeza de los reyes”
W. Shakespeare –Enrique IV

Como vimos en el capítulo anterior…

La prima de riesgo ya pasó de los 600 puntos. Luego volvió a bajar. Y a subir. Y a bajar. Y a bajar más. Por cada dos palos, una zanahoria. Con cada zanahoria, un palo más. Ahora, con la prima pacificada y el paro en 6 millones, la MT (aka Ministra-de-trabajo-que-no-sabe-qué-es-Trabajar) celebra que la población se ve más cerca de las cloacas de la historia. Siguen pensando que somos gilipollas, que el péndulo puede seguir haciendo su efecto hipnótico en nuestros cerebros de ciudadanos pasmados.

España está en bancarrota. Lo estaba hace ya muchos capítulos, pese al esfuerzo ímprobo de esos timadores con corbata (que en otros tiempos se llamarían aristócratas) por contarnos lo contrario. Son cientos de miles de millones de euros los que lo demuestran, y por eso el aparato de propaganda del régimen echa humo. En vano. Entre el populismo del mercado y el populismo del estado, el vaivén produce náuseas a una plebe confusa.

 

Nos han robado todo en un negocio criminal al que llamaron crisis financiera. Eso ya lo sabe hasta un futbolista millonario. Se han podrido de dinero especulando, recuperando las pérdidas de su especulación y re-especulando con el proceso. Doble, triple negocio, mientras los ladrones y sus asistentes parlamentarios nos contaban que la cosa estaba muy mal, que no había dinero, que teníamos que entenderlo. Nos han robado, mentido y vejado muy por encima de nuestras posibilidades. Y siguen: tras medio año de subidón bursátil, la CNMV (Comisión Nacional de Protección de las Grandes Mafias) acaba de abrir la veda para nuevas apuestas a la baja. ¡A jugar! Y los que ganaron con la subida seguirán especulando con la bajada. Y las consecuencias las sufriremos en un santiamén. ¿Qué será lo siguiente? ¿Importar un enjambre de drones que bombardee selectivamente todos los barrios de bajo standing de esta penica de península?
 
Hace un rato largo que no podemos darles más, como gritaban nuestros hermanos griegos hace dos años (sin que les hiciéramos ni puto caso, todo sea dicho). Sigue faltando el punto necesario de consciencia colectiva que nos obligue a decidir no dárselo, más allá de indignarnos con la supuesta degradación del sistema. ¡El sistema no se degrada! ¡El sistema es eso! ¡El sistema no se corrompe! ¡La corrupción es la sangre del sistema! ¿Que le llaman democracia y resulta que no lo es? ¡Pues claro que lo es! ¡Le llaman democracia porque eso es lo que ellos entienden e imponen por democracia! Un régimen criminal sustentado por empresas de marketing. Un mercado donde se trafica con carne humana y se derrocha propaganda anestésica para que las víctimas se vean a sí mismas sufriendo en una pantalla y sientan pena sin reconocerse. Para que, un minuto después, celebren a once extraños millonarios y triunfadores, que ésos sí les representan. Entonces sí. Y gritando yo soy español, español, español… olviden que, en realidad, yo estoy amenazado de muerte, de muerte, de muerte…
 

Lo olvidan si tienen la suerte de seguir vivos. Lo olvidamos si no nos hemos suicidado ya. Mejor dicho: si ese crimen de estado al que llaman programa de ajustes no nos ha suicidado ya. Está muriendo mucha gente cada día.

¿Dónde está la vergüenza de los vivos? ¿Dónde nuestra legítima sed de justicia?

¿Dónde está la salud mental de eso que nos gustaría llamar sociedad?

¿Dónde está nuestra consciencia? ¿Dónde está el pueblo que quiere reconocerse como pueblo?

Repitámoslo hasta que duela: no se trata de que este régimen de acumulación sin freno sea menos injusto. Se trata de que no sea.

No se trata de que nos maten menos sino de que no maten nunca más.

Como seguimos viendo, un capítulo después…

El mantra del siglo: no todos los políticos somos iguales, hmmmm… Es cierto. En el PP había uno que no era igual, sólo uno, y ya no está. Eso sí era un error del sistema. En el PSOE alguno habrá, ni lo negamos ni nos debe importar un pito. Y del resto, a los incorruptos los reconoceréis porque son precisamente los que no repiten el maldito mantra justificatorio. Son los pringados. Pringados entre los privilegiados, eso sí, pero ovejas negras capaces de vivir en sociedad cuando la sociedad consiga hacerse digna de ese nombre. Son pringados porque su estatus no les hace merecedores de la atención de los aristócratas que nos gobiernan de verdad, ésos a los que la escoria política no puede negar su tiempo, su espacio, su aberrante obediencia ni una sola genuflexión legislativa.
 
No lo olvidemos: no nos están traicionando, sólo están haciendo su trabajo. Trabajan para sus amos en contra del pueblo. La definición clásica del despotismo era todo por el pueblo pero sin el pueblo. En el nuevo régimen concentracionario neoliberal, la ley de oro del fascismo de peluche es todo contra el pueblo pero, si puede ser, que parezca que es por (o, por lo menos, con) el pueblo. Los planes del neoliberalismo son eugenésicos, pero sus poderes soberanos siguen empeñados en hacer que parezca por el interés general, por la patria, por el bien de la gente de bien.
 
A quien quiera seguir siendo individuo, persona, vecina, compañera… se le llama chusma. El pueblo, ése que cuando se enfada vuelve al estado de naturaleza y pone en peligro la estabilidad institucional, ése es su verdadero enemigo. Los gobernantes y sus chupatintas lo repiten a todas horas.
 
Por el contrario, a la gente de bien se le llama ciudadanía. La multitud con nostalgia de clase media, ésa que se indigna con los coches oficiales o las ruedas de prensa sin preguntas, condena la represión de las protestas pacíficas y se entretiene admirando la proverbial locuacidad de Marianín en los debates televisados (nada distingue un patético talk show de una patética pelea parlamentaria), ésa no es tan enemiga porque puede ser pastoreada con el cuento mitológico de sanear el sistema. Para todo eso está la eficiente tropa de movilizadores selectivos llamados medios de comunicación. Si y sólo si nos libramos primero de ellos, podremos liberarnos de nuestros verdugos.
 

Quién nos diría que fue un danés, hace siglo y medio, quien mejor lo iba a explicar:

– ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

– ¡Pero si no lleva nada! –gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: "Hay que aguantar hasta el fin". Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

Dos siglos después, dale que te pego, con el mismo guión y chuscos imitadores:

– ¡Lo han robado todo, es el New York Times el que dice que lo han robado todo!

– ¡Pero si lo han robado todo! –gritó, al fin, el pueblo entero, después de acordarse de que SOMOS el pueblo y a pesar del prudente, cómplice y asqueroso barullo mediático.
 
Aquello inquietó a Botín y a sus orcos, pues sabía que el pueblo tenía razón; mas pensó: “Hay que aguantar hasta el fin”. Y les mandó poner orden como sólo los demócratas de toda la vida saben hacer; y sus sicarios político-militares decretaron el estado de excepción. Y no pudieron imponerlo porque ya llevaba años instaurado.
 
[Nota: donde se lee Botín, entiéndase Botín y todos los demás].
 
Pues sí, el rey está desnudo [donde se lee rey, entiéndase el rey y todos los demás, aristócratas todos]. Quién nos iba a decir que ese cuento del progreso, la civilización, la democracia madura y los derechos de todos los españoles era completamente falso. Cómo pudimos olvidar que es la justicia social lo que mide la legitimidad de un estado y no el número de medallas olímpicas, banderas mastodónticas o i-pods per cápita. Quién nos iba a decir que no vivíamos en el mejor sistema posible sino en el más sofisticadamente destructivo y criminal que jamás existió. Quién nos iba a decir que, democráticamente hablando, no éramos tan, tan, tan maduros. Quién nos iba a decir que nos gobierna desde lejos una banda de ladrones, que sus ayudantes son una cuadrilla de mamporreros bien pagados llamados casta política y los colores de sus respectivas banderas (mastodónticas todas, of course) es irrelevante.
 
Pues nos lo decía la historia y el sentido común. Todo el rato. Y no era tan difícil de entender. El problema es la sordera, la ceguera, la anestesia y la estupidez ciudadana con la que se nos ha intentado criar, hasta el punto de habernos hecho creer eso de que la política es para los políticos y que pueden cepillarse su propia constitución, el más universal de los derechos universales o la soberanía popular que tanto predican.
 

¿Nuestro dinero para Botín? ¿Nuestra simpatía para la monarquía? ¿Nuestra educación para Botín? ¿Nuestra confianza para los jefes del estafador Draghi? ¿Nuestra salud para Botín? ¿Nuestra fe para los chamanes mafiosos? ¿La política para los políticos?

¿A quién se le ocurriría poner su sangre en manos de los vampiros?

Una cosa es que (aún) sí nos representen, por mucho que nos pese, y otra (contraria y urgente) es que decidamos que ya no queremos que nos representen. En eso estamos, ¿no? La culpa es suya. La rabia es nuestra. El odio también, bien merecido, legítimo y necesario.

Menos mal que a todo cerdo le llega su matanza. La suya, tarde o temprano, la contaremos así o no la contaremos. O la contarán las generaciones que vienen, aunque la nuestra no lo huela. Al fin y al cabo, eso es lo importante: hacer justicia.

Al fin y al cabo, cuanto antes comencemos, antes sucederá. Exijamos al gobierno (o mejor, al régimen), como bien proponen los Chikos del Maíz, que se disuelva y entregue las armas.

 

Presentación

Érase (otra vez, la última ya) un rey, cabeza de familia y jefe de un estado antisocial, antidemocrático y violador de su propio derecho, que quería ser querido por su aparente carácter campechano.

Pero el rey y toda su corte tenían dos graves problemas. El primero es meramente fisiológico: cada vez nos daban más asco. A la vista, al olfato y al oído. El segundo, que una vez sus súbditos hubimos comprobado (¡y nuestro tiempo nos costó!) que las películas de Disney no son más que películas y el contrato social que nos venden es el equivalente político de una hipoteca inversa, la náusea que tan pornográfica situación provoca se nos hizo intolerable. La pestilencia mezclaba ya mil aromas de dictadura, leyes represivas, fascismo, persecución, despotismo, estafa… Y dijimos: ¡huy, parece que estamos volviendo a los años cincuenta!; ¡huy, esto es como volver al siglo diecinueve!; ¡huy, huy, huy, esto recuerda a otras épocas!

Y muy al final, pensándolo dos veces: ¡huy, pero si en lo esencial tampoco hay tanta diferencia! Como reza un hermoso anónimo que vuela raudo por internet:

¿Recordáis cuando no había paro ni desahucios ni ricos ni pobres ni corrupción ni la policía era una banda armada de fascistas? Yo tampoco. Esto ha ocurrido siempre, lo que pasa es que antes o no lo sabías o no te pasaba a ti o simplemente mirabas para otro lado. Ahora que has despertado, no dejes de luchar hasta que nadie sufra injusticias. El problema no es el gobierno sino el sistema.

En efecto. El sistema se mantenía a toda costa. El gobierno cambiaba sólo para asegurarlo. Al engendro de ese cambio útil se le llamaba régimen. Pero ya no había ética ni vergüenza que tolerara ese régimen. Estaba muerto, de facto. El primero de todos los problemas era que un muerto tan enorme no se nos llevara con él al hoyo.

Un momento álgido y especialmente poético: en su saludo a la ceremonia de sacrificio (también conocida como consejo de ministros, celebrada en palacio el día del señor del 13 de julio de 2012) en la cual se condenaba al pueblo pagar todos los banquetes, las joyas, las mansiones, los yates y las guerras de los hijos de puta que se sentaban a la mesa ese día (y de todos sus amigos), el monarca patriarca se pasó siete pueblos llanos con el siguiente poema: no nos falta experiencia ni ejemplos de superación en la historia de nuestra nación.

Acojonante. Literalmente. Reconocerlo no nos hace más débiles: acojona semejante ejercicio de fantasía y porno duro. O el jefe del estado ladrón está como siete maracas o se cree que somos el populacho más imbécil de la historia de Ejpaña. ¿Nuestra nación? ¡Nación viene de nacer! ¿Qué importa dónde nacemos? Nos cagamos en su nación. De hecho, nos cagamos en una idea de nación que sólo sirve para ensalzar la unión ficticia de explotadores y explotados o estafadores y estafados. Lo que le sobra a la historia de eso que él llama nuestra nación son 150 levantamientos militares a favor de sus antecesores y de los protegidos de éstos.

 

Lo que le sobra a nuestra historia es cárcel, paredones, pobres muertos de hambre y de represión, terratenientes de ayer y hoy, glotones con chófer, banqueros (redundemos un poco:) criminales, campos de concentración, miseria material y miseria política. Lo que nos sobra son antepasados asesinados por reclamar justicia y pan. Lo que sobra en nuestra historia es dignidad aún enterrada en las cunetas de este estado social y democrático de derecho. Lo que nos falta es estómago para pronunciar dos veces seguidas las palabras estado social y democrático de derecho. Lo que nos falta es tiempo para dejarle bien claro a toda la corte del régimen postfranquista español que somos conscientes de lo que están haciendo, que sabemos que la esencia del fascismo es disolver las diferencias de clase detrás de un telón (que rima con nación) de demagogia, que sabemos que todos ellos se comportan como fascistas de pura cepa y por eso les señalamos. Les acusamos.

 

Nudo

Éranse por lo tanto unos pocos malnacidos, los cortesanos, a la vez élite social y escoria humana, que confabulaban para sí y contra el pueblo. Y encima pretendían ser respetados.

Unos porque decían gobernar con responsabilidad, otros porque representaban a la plebe en el parlamento, otros porque creaban empleo para los siervos y otros porque guardaban sus almas del pecado. Y otros, los del pastoreo informativo, que trabajaban con tesón para asegurar la ley de oro del régimen: el ciudadano demócrata capitalista es el único animal que se cae cinco veces al día del mismo guindo.

Pero todos ellos también tenían un grave problema. Un día, por fin, los súbditos nos dimos cuenta de cuántos pobres hay que machacar para destilar un rico en el reino del capitalismo. Sumamos los pobres, restamos los muertos, lo dividimos todo entre los ricos y vimos que la cifra era horrible. Y nos dio vergüenza haber tolerado eso durante tanto tiempo. Y nos dio vergüenza darnos cuenta tan tarde. Y dijimos NO, para siempre.

Habían dedicado un sincero jodeos a quien no encontrara casa ni comida. Anunciaron el fin de los subsidios, las subvenciones y las mamandurrias en general, como si nos estuvieran echando limosna y nuestra vida dependiera de ellos, como si estuviera en su mano cortar el cable que nos mantiene vivos y agonizando. Lo decían mientras acababan de robar el último euro equivalente a todo el gasto social de ese patético estado de bienestar que nos habían vendido como el chollo padre.

 

A la vez, decían que no éramos rescatables. Tenían razón y la siguen teniendo. No somos rescatables porque hace tiempo que no somos, y no somos porque hemos sido secuestrados. Y ahora les toca desangrarnos. Ése es su plan. Sus mentiras no son faltas de respeto: son demostraciones de fuerza, abusos no muy diferentes de los que aquellos asesinos uniformados fotografiaban en Irak orinando sobre sus víctimas. Nos han demostrado que no les tiembla la mano para condenarnos a muerte.

 

Desenlace

Como hacía tiempo que nuestros legales e ilegítimos verdugos no merecían simple justicia sino justa venganza, decidimos que no era demasiado tarde para resolverlo. Y fue la sociedad, ansiosa de merecer ese nombre, la que tomó la decisión. Porque la sociedad (no el estado) sí somos todas, todes, todo y todos los que vivimos y morimos aquí abajo y ahora mismo, compartiendo derechos, voluntades y necesidades.

 

Y las personas salimos a la calle, juntas, en pacífico y humano desorden, en ruidoso y desorganizado orden, con esa determinación que sólo puede mostrar la inmensa mayoría consciente. La verdadera mayoría absoluta. La mayoría que es capaz de reducir a sus élites a una minoría visible y señalable. La mayoría que, por fin, lamenta haber pasado tantos años tolerando la censura y la criminalización de una minoría radical (que hablaba de raíces), antisistema (que renegaba de este sistema), desquiciada (que se veía empujada al quicio de la militancia) y perseverante (que repetía, una y otra vez, esto no es lo que os cuentan en la uno, la dos, la tres, la cuatro, la cinco, la seis, la siete y la veintinueve).

 

Las personas volvimos nuestra vista hacia los culpables, y los culpables comenzaron a ponerse más nerviosos que el pobre Mariano Montesco en su primera cita con la bella Ángela Capuleto.

 

Fuimos benévolas aunque la escoria criminal de la corte no lo mereciera, y le dimos la orden de desalojar sus aposentos pacíficamente, uno a uno. No fue porque un canal radiofónico nos lo ordenara sino porque sabíamos que era la única opción. Y los culpables tuvieron que elegir entre dos únicas salidas: aceptarlo, obedecer, joderse e irse (como si fuesen demócratas) o enviar a la policía y al ejército a matarnos en la calle (como si fuesen lo que son).

 

Enseñanzas de la historia

Ya llegó su hora. No nos van a robar más. No nos van a matar más.

Les odiamos. Estamos orgullosas de sentir ese odio justo y saludable.

Vamos a hacer justicia porque somos más, porque tenemos razón y porque nosotras sí nos preocupamos por las personas que caminan a nuestro lado. Lo haremos, tarde o temprano.

Apretad los dientes y respirad hondo. Hacedlo por vuestros hijos, que son los de todas.

Si ellos reparten muerte, nosotras haremos justicia. Justicia y libertad. Libertad para no pagar las deudas a la mafia, para decidir que los intereses de cuatro acreedores corruptos y sus obscenas fortunas no merecen nuestra atención. Libertad para demostrar que la justicia social no es un recurso literario. Libertad para decidir que lo primero es repartir el pan. Justicia para eliminar la limosna y, con ella, a quienes se hacen llamar solidarios cuando echan las sobras a los pobres como quien echa maíz a las palomas. Justicia para invitarles a que se ahoguen en sus piscinas privadas, se tiren desde sus azoteas o se traguen los gases y las balas que sus protectores uniformados arrojan contra los inocentes. Libertad para que elijan libre y soberanamente cualquiera de esas tres opciones. Serán los más ricos del cementerio. Al fin y al cabo, el santo campo lleva ya siglos lleno de víctimas que eligieron libremente arrimarse a un paredón, contraer el SIDA en prisión, morir de sobredosis en una esquina, ponerse delante de una bala, ser extorsionadas por un banco o cualquier otra forma de sucumbir a la presión de una vida insoportable.

Que elijan YA. Si se les ocurre una forma más creativa, les será permitida. Pero lo que no podemos tolerar es que se lleven por delante a una sola persona más.

Tenemos prisa. Echémosle tanta paciencia como convicción.

 

 

Otra infecta bicha antisistema. Otra más. En Zaragoza, 2.084 años después de Espartaco

 

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